QuickOrder
← Artículos

Los 14 alérgenos: la lista oficial, dónde se esconde cada uno y los errores que se repiten

Alérgenos ·

La lista de los catorce alérgenos de declaración obligatoria, uno por uno, con los sitios donde aparece cada uno en una cocina española de verdad y los fallos que se repiten en casi todas las cartas.

Dejar una solicitud

Le llamamos y le resolvemos todas las dudas.

o escríbanos directamente

Telegram
Ilustración con catorce iconos de alimentos en dos filas: espiga, gamba, huevo, pescado, cacahuete, soja, leche, nuez, apio, mostaza, sésamo, vino, altramuz y mejillón.
Catorce sustancias, y ninguna se declara por su nombre comercial: se declaran por lo que son. La lista no ha cambiado, pero su carta sí, cada vez que cambia un proveedor.

Son catorce y están en el anexo II del reglamento europeo de información alimentaria, el (UE) 1169/2011. No es una lista de alergias frecuentes ni una recomendación sanitaria: es la lista cerrada de sustancias sobre las que un local está obligado a informar al cliente antes de que pida, sin coste y sea cual sea el soporte de la carta.

Conocerla de memoria no sirve de gran cosa. Lo que sirve es saber dónde se esconde cada una en una cocina española real: el apio en la pastilla de caldo, los sulfitos en el vino de la salsa, la leche en el pan de molde, el gluten en la salsa de soja. Esta guía recorre las catorce por ese criterio, no por orden alfabético ni por importancia médica.

Cada apartado tiene su propio enlace, de modo que puede mandarle a su cocinero el de un alérgeno concreto sin obligarle a leer el resto. Al final hay una lista de comprobación para repasar una carta entera y los cinco errores que aparecen en casi todas las que hemos visto.

Alergia, intolerancia y celiaquía: tres cosas que no son lo mismo

En sala se usan como sinónimos y no lo son. La diferencia importa porque cambia la respuesta correcta, y un camarero que las confunde puede ofrecer de buena fe algo que no sirve.

Una alergia es una reacción del sistema inmunitario, puede aparecer con cantidades muy pequeñas y puede ser grave y rápida. Una intolerancia es un problema digestivo: molesta, a veces mucho, y suele depender de la cantidad. La celiaquía es una tercera cosa, una enfermedad autoinmune en la que el gluten daña el intestino aunque no haya síntomas inmediatos.

La consecuencia práctica más repetida es la de la leche. A un cliente con intolerancia a la lactosa le sirve un producto sin lactosa; a uno con alergia a la proteína de la leche, no, porque ese producto sigue llevando proteína. Ofrecer leche sin lactosa a quien dice tener alergia a la leche es el error más común de toda la sala.

La segunda consecuencia es la del gluten. Con una intolerancia leve, una traza pasa desapercibida; con celiaquía, no, aunque el cliente no note nada en ese momento. Por eso a una persona celíaca no se le puede decir que unas patatas fritas en aceite compartido le van a sentar bien porque a otros les sienta bien.

Al equipo no hace falta explicarle inmunología. Basta con una regla: si el cliente usa la palabra alergia o la palabra celíaco, la respuesta es la estricta, sin matices y sin sugerir apaños. Si habla de intolerancia, se le puede ofrecer lo que haya con la información delante y que decida él.

¿Cuáles son los 14 alérgenos de declaración obligatoria?

Esta es la lista completa, en el mismo orden en que aparece en el anexo II del reglamento, con el ejemplo más típico de dónde aparece cada uno en un bar o restaurante español.

AlérgenoQué incluyeDónde aparece más
Cereales con glutenTrigo, centeno, cebada, avena, espelta, kamutRebozados, pan, salsas, freidora compartida
CrustáceosGambas, langostinos, cigalas, cangrejoArroces, fideuás, fumets
HuevosHuevo y derivadosMayonesas, rebozados, repostería, pasta fresca
PescadoCualquier especie y sus derivadosCaldos, anchoas en salsas, aceite de freír
CacahuetesCacahuete y derivadosSalsas asiáticas, repostería, snacks
SojaSoja y derivadosSalsa de soja, panes industriales, embutidos
LecheLeche y lactosaMantequilla, cremas, pan de molde, embutidos
Frutos de cáscaraAlmendra, avellana, nuez, anacardo, pistacho y otrosTurrones, salsas, ensaladas, repostería
ApioApio y derivadosPastillas de caldo, sofritos, fondos
MostazaMostaza y derivadosVinagretas, adobos, salsas
Granos de sésamoSésamo y derivadosPanes, hummus, aceites
SulfitosMás de 10 mg por kilo o litro, como SO2Vino, patata prefrita, conservas, frutos secos
AltramucesAltramuz y derivadosHarinas mezcladas, panes, aperitivos
MoluscosMejillones, almejas, calamar, pulpo, caracolesArroces, salsas, tapas
Los catorce alérgenos del anexo II del reglamento (UE) 1169/2011.

Dos precisiones que evitan la mitad de las dudas. La primera: se declara la sustancia, no el producto comercial. Da igual la marca del pan: lo que se declara es que lleva gluten y, si es el caso, leche o sésamo. La segunda: los derivados cuentan. La mantequilla es leche, el surimi lleva pescado y la salsa de soja lleva trigo en la mayoría de las versiones que se venden en España.

Qué exige exactamente la ley y qué cuenta como cumplirlo

Vegano, vegetariano y sin lactosa no son alérgenos

Se acaban mezclando en el mismo filtro de la carta y son cosas distintas con consecuencias distintas. Una dieta es una elección o una convicción; una alergia es un riesgo para la salud. Confundirlas en el mismo sitio produce el peor de los malentendidos: que alguien lea «vegano» y entienda «sin leche garantizado».

La diferencia práctica está en la contaminación cruzada. Un plato vegano sigue siendo vegano aunque se haya cocinado en una plancha donde antes hubo queso: la receta no lleva leche y la etiqueta es correcta. Para un alérgico a la proteína de la leche, ese mismo plato no es seguro. La etiqueta acierta y la persona acaba mal.

Por eso conviene tener las dos cosas separadas en la carta y decirlo cuando alguien pregunta: las marcas de dieta describen la receta, y la información de alérgenos describe el riesgo. Si el cliente pregunta por alergia, la respuesta no puede ser señalar el icono vegano.

Lo mismo pasa con «sin lactosa», que es una indicación digestiva y no una garantía de ausencia de proteína de leche, y con «apto para celíacos», que sí es una afirmación fuerte y que no debería escribirse si la cocina no puede sostenerla. Un plato «sin gluten en la receta» y un plato «apto para celíacos» no son la misma frase, y la diferencia entre ambas es toda la contaminación cruzada.

Cómo se usa esta lista en una carta

El trabajo no es copiar los catorce iconos al pie de la carta. Es recorrer sus platos y decidir, para cada uno y para cada alérgeno, cuál de las tres respuestas posibles corresponde: contiene, no contiene o no comprobado.

La tercera respuesta es la que casi nadie escribe y la que hace honesto al sistema entero. En una tabla de casillas con solo dos estados, la casilla vacía significa dos cosas a la vez: que el plato no lleva ese alérgeno y que nadie lo ha mirado. Para el cliente son la misma casilla en blanco, y la segunda puede mandarle al hospital.

El orden de trabajo que mejor funciona no es plato por plato, sino ingrediente por ingrediente. Empiece por los que están en todas partes: el pan, el aceite de freír, el caldo, el sofrito y las salsas. Con esos cinco resueltos, la mitad de la carta queda decidida y lo que queda son casos sueltos.

Cómo saber que ha salido bien. Una carta está bien hecha si usted puede señalar cualquier plato al azar y su cocinero sabe decir, sin dudar, qué lleva de los catorce y qué no ha comprobado. Si duda, lo que falla no es la carta: es que nadie ha hecho el repaso.

Cómo se pregunta bien en la mesa: el guion del camarero

La mayor parte de los problemas de alérgenos no se producen en la cocina: se producen en los treinta segundos de la conversación en la mesa. Tener acordadas las frases evita casi todos, y no cuesta nada.

La primera frase la dice el local, no el cliente, y es la que más cambia las cosas: preguntar al sentar la mesa si hay alguna alergia o intolerancia. Preguntado así, de forma natural y antes de la carta, el cliente lo dice; esperando a que lo diga él, muchas veces no lo dice hasta que ya ha pedido.

  • Al sentar la mesa: «¿Alguna alergia o intolerancia en la mesa?».
  • Si la respuesta es sí: «¿Es alergia o intolerancia?», porque la respuesta cambia.
  • Al anotar: repetir en voz alta lo que se ha entendido, «entonces, sin gluten y sin frutos secos».
  • Si no se sabe: «Déjeme comprobarlo, no quiero decirle que sí sin estar seguro».
  • Si no se puede garantizar: «Podemos prepararlo, pero no puedo garantizarle que no haya trazas».
  • Al servir: decir en voz alta qué plato es, «este es el sin gluten».

La cuarta es la que hay que autorizar expresamente al personal nuevo. Un camarero dice que sí porque teme que decir que no sea mal servicio o le cueste una bronca. Si el local le ha dicho que la respuesta prudente es la correcta, la dará; si no se lo ha dicho nadie, improvisará. Y lo que improvisa es casi siempre un «creo que no».

La última evita el error más doloroso de todos: el plato correctamente cocinado que acaba delante del comensal equivocado porque los dos platos se parecían. Una marca visible en el plato del alérgico, aunque sea un palillo de color, resuelve la mayoría de esos casos.

1. Cereales con gluten: el que está en todas partes

Incluye trigo, centeno, cebada, avena, espelta, kamut y sus variedades híbridas. Es, con diferencia, el alérgeno que más platos afecta en una cocina española y el que más veces se declara mal, no por desconocimiento del pan sino por lo que viaja sin que nadie lo vea.

Los sitios evidentes son el pan, la pasta, los rebozados, la repostería y la cerveza. Los sitios que se olvidan son otros: la salsa de soja, que en la mayoría de sus versiones lleva trigo; las salsas espesadas con harina; los embutidos y las hamburguesas industriales, que llevan gluten como ligante; las patatas prefritas tratadas, y sobre todo el aceite de la freidora.

La freidora merece su propio párrafo porque es el error más repetido del sector. Si en el mismo aceite se fríen croquetas y patatas, las patatas llevan gluten en cantidad suficiente para un celíaco, aunque en su receta no haya ni un gramo de harina. Un plato de patatas anunciado como sin gluten cuando la freidora es compartida es el caso concreto que acaba en reclamación.

La avena tiene un matiz que conviene conocer: está en la lista aunque su proteína sea distinta, porque en la práctica se contamina con trigo en el campo y en el molino. Una avena certificada sin gluten existe y es otro producto, con su precio y su etiqueta.

2. Crustáceos: el fumet lo lleva todo

Gambas, langostinos, cigalas, cangrejo, bogavante y sus derivados. En una carta de costa aparece en lo evidente, pero el problema no está en la parrillada de marisco: está en los fondos.

Un fumet hecho con cabezas de gamba pasa al arroz, a la fideuá, a la salsa del pescado y a la sopa del día, y en ninguno de esos platos aparece la palabra gamba. Lo mismo ocurre con el sofrito que se hace en la misma sartén, con el cucharón que se usa para dos ollas y con el aceite en el que se han frito unos langostinos.

Hay además un producto que engaña por su nombre: los palitos de cangrejo, que son surimi. Llevan pescado casi siempre, y según la marca también crustáceo. Es un ingrediente barato que aparece en ensaladas y en cócteles de marisco, y su ficha hay que mirarla de verdad.

Y una nota sobre la gravedad: la alergia a crustáceos es de las que producen reacciones rápidas y fuertes en adultos. Si su cocina no puede garantizar la separación, decirlo es más importante aquí que en casi ningún otro caso.

3. Huevos: la mayonesa y el rebozado

El huevo y todos sus derivados. Es fácil de identificar en la tortilla y casi invisible en el resto de la carta, porque se usa como ligante, como rebozado y como base de salsas.

Los sitios que se olvidan: la mayonesa y todo lo que se hace con ella, incluidas la salsa rosa y muchos alioli comerciales; el rebozado de los calamares y de las croquetas; la pasta fresca; el brillo de las empanadas; los helados y las cremas de repostería; y la clara usada para clarificar caldos o para dar textura a algunos postres.

Hay un caso que produce discusiones: el alioli tradicional, hecho solo con ajo y aceite, no lleva huevo. El que se compra hecho, casi siempre sí. Si en su carta figura como alioli y viene de un bote, lleva huevo, y así hay que declararlo.

Y una advertencia de manipulación: el huevo es también el alérgeno que más se cruza por la plancha y por los utensilios de repostería, porque se trabaja con las manos y con la misma varilla.

4. Pescado: la anchoa que no se ve

Cualquier especie de pescado y sus derivados. En una carta española se esconde en tres sitios que nadie asocia con pescado: las salsas, los caldos y los aliños.

La anchoa es la protagonista. Está en la salsa César, en muchas salsas para carne, en tapenades y en aliños de ensalada, y su sabor queda disuelto de manera que el cliente no puede detectarla. También aparece la salsa Worcestershire, que lleva anchoa en su fórmula clásica y se usa en cócteles y en adobos.

El segundo sitio es el caldo: un fumet o una pastilla de caldo de pescado acaba en arroces, sopas y guisos donde el pescado no figura en el nombre. Y el tercero es el aceite de la freidora, exactamente igual que con el gluten: freír unas anchoas y después unas patatas traslada pescado a las patatas.

La gelatina de pescado merece una mención aparte, porque aparece en postres y en algunos productos clarificados, y es de las cosas que ningún camarero espera encontrar al revisar un flan.

5. Cacahuetes: poco frecuente y muy grave

El cacahuete y sus derivados, incluido el aceite de cacahuete. Es de los que menos aparece en la cocina española tradicional y de los que más consecuencias tiene cuando aparece por sorpresa: las reacciones pueden ser rápidas y graves incluso con cantidades muy pequeñas.

Donde sí aparece: en las salsas de inspiración asiática, en algunas mezclas de especias, en repostería industrial, en helados y en el aperitivo de barra. Los frutos secos que se sirven con la caña suelen ser mezclas, y las mezclas incluyen cacahuete con mucha frecuencia.

Ahí está el punto ciego: el cuenco de frutos secos que se pone en la mesa sin que nadie lo pida. Si alguien de esa mesa ha avisado de una alergia a cacahuete o a frutos de cáscara, ese cuenco no debería llegar, y eso es un gesto automático que hay que decirle expresamente al equipo.

Sobre el aceite de cacahuete refinado hay un matiz técnico que conviene no usar como excusa: la declaración se hace igual, y la decisión sobre si lo tolera o no es del cliente y de su médico, no del local.

6. Soja: el ingrediente invisible de lo industrial

Soja y derivados. En un restaurante que cocina de cero apenas aparece; en uno que usa producto industrial, está en todas partes, porque la lecitina de soja es uno de los emulgentes más usados de la industria alimentaria.

Los sitios habituales son el pan de molde y los panes industriales, los embutidos y hamburguesas preparadas, la bollería, el chocolate, las salsas envasadas y, por supuesto, la salsa de soja y todo lo que lleve tofu o edamame.

El caso que más sorprende es el chocolate: buena parte del chocolate de cobertura lleva lecitina de soja, de modo que un postre de chocolate lleva soja sin que nadie lo haya añadido a propósito. Y el pan de hamburguesa industrial suele llevar soja, leche y sésamo a la vez, tres alérgenos en un solo producto que se sirve con casi todo.

7. Leche: no es lo mismo que la intolerancia a la lactosa

Leche y sus derivados, incluida la lactosa. Conviene distinguir dos cosas que se confunden a diario en sala: la alergia a la proteína de la leche, que es una alergia con reacciones potencialmente graves, y la intolerancia a la lactosa, que es un problema digestivo. Un producto sin lactosa sigue teniendo proteína de leche y no sirve para el primer caso.

Esa distinción tiene una consecuencia práctica que el equipo debe conocer: ofrecer leche sin lactosa a un cliente con alergia a la proteína de la leche no es una solución, es un error. Si el cliente habla de alergia y no de intolerancia, la respuesta cambia.

Dónde se esconde: mantequilla y todo lo salteado con ella, cremas y purés, pan de molde, embutidos, patés, salsas, puré de patata, caramelos y buena parte de la repostería. También en el café con leche que comparte jarra y vaporizador, que es un cruce real en una barra con prisa.

Y un caso propio de las cocinas pequeñas: la cortadora de fiambre que corta queso y embutido con la misma cuchilla. Limpiarla a fondo lleva más tiempo del que hay en un servicio, y el riesgo de leche en el embutido cortado es real.

8. Frutos de cáscara: ocho nombres, no uno

La lista incluye almendras, avellanas, nueces, anacardos, nueces pecanas, nueces de Brasil, pistachos y nueces macadamia. No incluye el cacahuete, que va aparte porque es una legumbre, ni el piñón, que no está en la lista pero produce alergias y conviene declarar igualmente si aparece en un plato.

Un detalle que importa mucho en la práctica: una persona alérgica a la almendra no tiene por qué serlo a la nuez. Por eso la declaración correcta no es «frutos de cáscara» a secas, sino el fruto concreto. Decir cuál es lo que permite al cliente decidir en lugar de renunciar a media carta.

Dónde aparecen: en la repostería y los turrones, evidentemente, pero también en salsas como el romesco y el ajoblanco, en ensaladas, en pestos, en algunos rellenos de carne y en el aceite de acabado de ciertos platos. Y en la tabla de postres, donde el mismo cuchillo corta la tarta de chocolate con avellanas y la de queso.

9. Apio: el que nadie recuerda y está en todos los caldos

Apio y sus derivados, incluidas las hojas, el tallo, la raíz y la semilla. Es el alérgeno que más veces falta en las cartas españolas, y no por descuido grave sino porque nadie lo considera un ingrediente: está en el fondo de la olla desde siempre.

Los sitios reales: las pastillas de caldo, prácticamente todas; los caldos y fumets caseros, donde el apio es parte del clásico atado de verduras; los sofritos; las sopas; muchos escabeches; y algunas mezclas de especias y sales condimentadas.

Como el caldo acaba en arroces, guisos, cremas y salsas, un solo descuido con el apio contamina la mitad de la carta en la declaración. Es, junto con el gluten, el ingrediente por el que más conviene empezar el repaso: resolverlo una vez resuelve muchas filas de la tabla.

10. Mostaza: la vinagreta y el adobo

Mostaza y sus derivados, incluidas las semillas y el polvo. En una carta española es poco frecuente como producto y muy frecuente como ingrediente escondido en salsas.

Está en casi todas las vinagretas emulsionadas, porque la mostaza es lo que las mantiene ligadas; en la mayonesa comercial de muchas marcas; en adobos de carne y pollo; en encurtidos; en salsas para hamburguesa; y en algunas mezclas de curry y de especias.

El error típico es declarar la mostaza solo en el plato que la lleva de forma visible y olvidarla en la ensalada, que es donde más gente la va a comer sin saberlo. Si su vinagreta lleva mostaza, todas las ensaladas aliñadas con ella llevan mostaza.

11. Sésamo: el pan que lo reparte por toda la cocina

Granos de sésamo y sus derivados, incluido el aceite y el tahini. Su particularidad no es dónde está, que es fácil de ver, sino cómo se mueve: las semillas saltan, se quedan en las superficies y acaban en cosas que nunca las llevaron.

Los sitios habituales: panes de hamburguesa y panes especiales, hummus, algunas salsas de inspiración oriental, aceites de acabado, picos y colines, y productos de repostería. En un local que trabaje pan de hamburguesa a diario, el sésamo está en la tabla, en el cuchillo y en la plancha.

Por eso, en una cocina que usa pan con sésamo, ofrecer un plato garantizado sin sésamo exige algo más que quitar el pan: exige superficie y utensilio limpios. Si eso no se puede asegurar en el pico del servicio, la respuesta honesta es decir que no se puede garantizar.

12. Sulfitos: el único con umbral y el más invisible de todos

Dióxido de azufre y sulfitos, y es el único de la lista que tiene un umbral: se declaran cuando superan los 10 miligramos por kilo o por litro, expresados como SO2. Se usan como conservante y como antioxidante, y no se ven ni se saben por el sabor.

Dónde están: en el vino y en casi todo lo que se cocina con vino, incluidas las salsas reducidas; en las patatas prefritas y en la patata pelada envasada, tratadas para que no se oxiden; en frutos secos y frutas desecadas; en conservas y encurtidos; en el vinagre; en algunos zumos y en productos de mar tratados en el barco.

La patata es el caso más frecuente en un bar: mucha patata prefrita lleva sulfitos, y las patatas son un acompañamiento universal. Es información que viene en el envase y que se pierde en cuanto se tira la bolsa, de modo que conviene fotografiar la etiqueta al recibir el pedido.

Y una precisión sobre el vino: cocinar reduce parte del dióxido de azufre, pero no lo elimina de forma garantizada. Una salsa hecha con vino se declara con sulfitos salvo que tenga un dato del fabricante que diga otra cosa.

13. Altramuces: el que casi nadie conoce

Altramuz y sus derivados. Es probablemente el menos conocido de los catorce entre el personal de sala, y en España tiene dos vidas: como aperitivo tradicional, donde es evidente, y como harina, donde no lo es en absoluto.

La harina de altramuz se usa en panadería y en productos sin gluten para mejorar la textura y el color, de modo que aparece precisamente donde va a comerlo una persona que ya está leyendo etiquetas con cuidado. También se encuentra en algunos productos vegetales y en sustitutos de carne.

Si su local ofrece pan o repostería sin gluten comprada, merece la pena mirar esta línea de la etiqueta con atención: es el sitio más probable de todos para encontrar altramuces y el que menos gente revisa.

14. Moluscos: más amplio de lo que parece

Incluye mejillones, almejas, berberechos, ostras, vieiras, calamares, sepia, pulpo y también los caracoles terrestres. Lo último sorprende a bastante gente y es importante en zonas donde el caracol es un plato de temporada.

Dónde se esconde: en los arroces y en las fideuás, donde el caldo lleva molusco aunque el plato no lo lleve entero; en las salsas marineras; en los sofritos hechos en la misma sartén; y en la tabla de corte compartida con el pescado, que es un cruce constante.

También hay un derivado que despista: la tinta de calamar, que se usa en arroces negros y en panes, y que a veces se compra envasada. Es molusco y así se declara.

Los alérgenos de la barra: vino, cerveza, cócteles y café

La carta de bebidas casi nunca se revisa, y lleva alérgenos con toda naturalidad. Tres de los catorce viven ahí de forma habitual: sulfitos, gluten y leche.

El vino lleva sulfitos prácticamente siempre por encima del umbral de declaración, y lo mismo vale para los vinos generosos, el vermut y la sangría. La cerveza lleva gluten salvo que sea una cerveza sin gluten declarada como tal, y la cerveza de trigo lo lleva de forma más evidente todavía. Y la barra de café es una fuente constante de leche: la jarra de vaporizar es la misma para el café con leche y para el que se pide con bebida vegetal.

Los cócteles añaden dos sorpresas. La salsa Worcestershire, que va en el bloody mary, lleva anchoa en su fórmula clásica, es decir pescado. Y algunos licores de crema llevan leche, algunos amargos llevan derivados de cereales y ciertos jarabes llevan sulfitos. Nada de eso aparece en la carta de cócteles de casi ningún local.

La solución no es escribir una tabla de catorce columnas en la carta de bebidas. Basta con tres notas cortas donde corresponde: sulfitos en el apartado de vinos, gluten en el de cervezas, y una frase sobre la jarra compartida para quien pida bebida vegetal por alergia y no por gusto.

Cómo saber que ha salido bien. Pregunte a su barra qué hacen cuando alguien pide un café con bebida de avena por alergia a la leche. Si la respuesta es que usan la misma jarra de siempre, ya tiene un arreglo de cinco euros que hacer esta semana.

Dos situaciones concentran la mayoría de los sustos, y las dos tienen la misma causa: la información no llega de quien la tiene a quien cocina.

La primera es el menú infantil. Suele ser lo más industrial de la carta, porque son nuggets, croquetas, pasta y helado, es decir productos comprados con etiqueta que casi nadie ha revisado. Y es justamente lo que se sirve a los comensales más vulnerables y a los que menos pueden avisar por sí mismos. Si va a repasar una sola parte de la carta esta semana, repase esa.

La segunda son los grupos con menú cerrado. El aviso lo da quien reserva, por teléfono y con dos semanas de antelación, y tiene que llegar intacto al cocinero que trabaja ese día. En la práctica se pierde en el camino con una facilidad asombrosa: se anota en una agenda, cambia el turno y nadie lo mira.

Lo que funciona es que el aviso viaje pegado a la reserva y aparezca otra vez el día del servicio, delante de quien cocina, sin depender de que alguien se acuerde. Y que al llegar el grupo se confirme en la mesa: las alergias cambian entre la reserva y la comida, porque cambia quién viene.

Trazas y cocina compartida: cómo se escribe sin mentir

¿Quién responde de esto dentro del local?

La respuesta cómoda es «todos», y equivale a nadie. En la práctica hacen falta tres papeles claros, y en un local pequeño pueden recaer en dos personas, pero tienen que estar dichos en voz alta.

  • Quien mantiene la información: la persona que revisa fichas, actualiza la carta cuando cambia un producto y lleva la lista de lo no comprobado.
  • Quien responde en el momento: el encargado del turno, que decide cuando aparece una duda que no está escrita.
  • Quien puede decir que no: cualquiera de la sala, sin pedir permiso, cuando no se puede garantizar algo.

El tercero es el que más falta hace y el que casi nunca se nombra. Si un camarero necesita autorización para decir «no puedo garantizarlo», no lo dirá: dirá que sí, o dirá que va a preguntar y se le olvidará en el camino. Autorizar esa respuesta por adelantado es la decisión más barata y más eficaz de toda esta guía.

Y hay una prueba sencilla para saber si el reparto funciona: preguntar qué pasa el día que libra la persona que mantiene la información. Si la respuesta es que ese día no se puede responder con seguridad, el sistema depende de una persona y no de un local.

El aceite de la freidora: cómo saber qué hay en el suyo

Media declaración de alérgenos de un bar español depende de una sola pregunta: qué ha pasado por ese aceite desde que se cambió. Es la pregunta que casi nadie se hace por escrito y la que decide si tres o cuatro platos de la carta están bien declarados.

Haga la lista de todo lo que se fríe en su local durante una semana normal y márquela con los alérgenos de cada cosa. En una freidora única y compartida, todo lo que salga de ahí hereda la suma de esa lista. No hay matices: el aceite no distingue entre el rebozado de las croquetas y la patata que entra después.

Con esa lista delante se ve enseguida cuáles son los alérgenos que se reparten por la freidora, y casi siempre son los mismos cuatro: gluten, leche y huevo por los rebozados y las croquetas, y pescado o crustáceo si se fríen calamares, boquerones o gambas.

A partir de ahí hay tres decisiones posibles y ninguna incluye callarse. Separar freidoras, que es la solución real y cuesta dinero y espacio. Reservar aceite limpio al principio del servicio para lo que tenga que ir sin gluten, cumpliéndolo siempre y no cuando alguien se acuerda. O declarar que las frituras comparten aceite y no ofrecerlas como libres de nada.

Un apunte sobre el cambio de aceite que conviene tener claro: cambiarlo no borra el historial de la carta, lo reinicia para la siguiente tanda. Si el primer producto que entra en el aceite nuevo es una croqueta, a partir de ese momento ese aceite lleva gluten y leche otra vez. Lo que importa no es cuándo se cambió, sino qué entra primero.

Cómo saber que ha salido bien. Pregunte en cocina qué se fríe primero después de cambiar el aceite. Si la respuesta es «lo que toque», ya sabe por qué no se puede ofrecer nada frito sin gluten.

Los cinco errores que se repiten en casi todas las cartas

ErrorPor qué falla
La frase general «puede contener trazas de todo»Cubre el cien por cien de la carta, no distingue nada y enseña al cliente a ignorar sus avisos
Casillas de dos estadosLa casilla vacía significa a la vez «no lleva» y «nadie lo ha mirado»
Declarar «frutos de cáscara» sin decir cuálUn alérgico a la almendra no tiene por qué serlo a la nuez: se le hace renunciar a media carta
Olvidar caldos, sofritos y salsasEs donde viven el apio, el pescado, el marisco y el gluten sin figurar en el nombre del plato
No revisar nada cuando cambia un proveedorEl pan nuevo lleva sésamo, la patata nueva lleva sulfitos, y la carta pasa a estar mal sin avisar
Fallos habituales al declarar alérgenos, y en qué consisten.

El quinto es el más caro a largo plazo y el que distingue una carta que se mantiene de una que envejece. La pregunta que conviene hacerse sobre el propio sistema es esta: cuando cambie el pan, ¿puedo saber en cinco minutos qué platos hay que repasar? Si la respuesta es que no, el repaso no se hará.

¿Y las alergias que no están en los catorce?

Existen, y son más frecuentes de lo que la lista sugiere. La lista de catorce es la de declaración obligatoria, no el catálogo de todo lo que produce alergia en el mundo. Un cliente puede reaccionar a algo que no aparece en el anexo II, y su obligación práctica hacia él es la misma: responder con lo que sabe y decir claramente cuándo no lo sabe.

Las que más aparecen en un comedor español son el piñón, que no está en la lista aunque sea un fruto seco de uso constante en el romesco y en las ensaladas; las legumbres, sobre todo la lenteja y el garbanzo; el melocotón y otras frutas de hueso, que producen reacciones notables en la zona mediterránea; el látex, que reacciona de forma cruzada con plátano, aguacate y kiwi; y el anisakis, que es un parásito del pescado y tiene sus propias reglas de congelación.

No hace falta montar una tabla de cincuenta columnas por eso. Lo que hace falta es que el equipo no conteste «eso no está en la lista de alérgenos» como si fuera un argumento. La frase correcta es otra: decir si el plato lo lleva, si no lo lleva o si no se ha comprobado, exactamente igual que con los catorce.

Y hay un caso que conviene tener resuelto por escrito porque llega a menudo: el cliente que dice ser alérgico a algo muy poco habitual y muy transversal, como el ajo o el tomate. Ahí la respuesta honesta suele ser que media carta no se puede garantizar, y decirlo rápido es mejor servicio que hacerle esperar veinte minutos a una consulta con la cocina.

Por qué estos catorce nombres no se traducen a máquina

¿Iconos o palabras?

Los iconos ocupan poco y se ven de lejos; las palabras se leen sin aprender un idioma nuevo. En una carta de móvil, la respuesta práctica es que las palabras ganan casi siempre, y por dos razones concretas.

La primera es que una tabla de catorce columnas de iconos no cabe en una pantalla de teléfono: al ampliar para ver los iconos se pierde el nombre del plato, y al alejarse para ver el plato los iconos se vuelven manchas. La segunda es que un icono sin texto alternativo no lo lee un lector de pantalla, y quien usa lector de pantalla es justamente quien más necesita esa información.

Si usa iconos, que cada uno lleve su palabra al lado. Y si el espacio obliga a elegir, elija la palabra: «Lleva gluten y leche» ocupa una línea, se entiende sin leyenda y se puede traducir.

Ojo. Los nombres de los catorce no se traducen a ojo ni con un traductor automático: se copian de la lista oficial en cada idioma. Una traducción aproximada de «frutos de cáscara» o de «altramuces» deja sin información a la persona que más la necesitaba.

Qué mirar en una ficha técnica de proveedor

La ficha técnica es el documento que de verdad resuelve el trabajo, y no es el albarán ni el catálogo comercial. Se la tiene que dar el proveedor y en ella hay cuatro cosas que mirar, en este orden.

  1. La lista de ingredientes completa, con los alérgenos destacados. Es lo que va a copiar a su carta.
  2. La línea de advertencias del fabricante, del tipo «puede contener», que le dice qué se cruza en la fábrica.
  3. La fecha de la ficha. Una ficha de hace tres años puede describir una fórmula que ya no se fabrica.
  4. El nombre exacto y el formato del producto, porque el mismo fabricante tiene versiones distintas del mismo artículo.

El cuarto punto es el que causa más errores silenciosos. El pan de hamburguesa de un fabricante existe en versión con sésamo y sin sésamo, con el nombre casi idéntico, y quien hace el pedido no siempre es quien revisó la ficha. Anote el código exacto del producto junto a la ficha.

Y pida por escrito una cosa más, que casi nadie pide: que le avisen cuando cambien la fórmula. Es el cambio que nadie comunica y el que invalida su carta sin que usted se entere, y pedirlo por correo deja constancia de que lo pidió.

Si un proveedor no contesta a estas preguntas, eso también es información. En la práctica significa que ese producto entra en su carta como no comprobado, y conviene decírselo: es el argumento más eficaz para que conteste a la siguiente.

Alérgenos en los pedidos para llevar

Cuando el plato sale por la puerta, la conversación en la mesa ya no existe: la información tiene que ir con el pedido o no llega. Es el escenario donde la carta escrita deja de ser una comodidad y pasa a ser lo único que hay.

Tres cosas resuelven la mayor parte. La primera, que la información de alérgenos esté disponible en el momento de pedir, que ahora es una pantalla y no un camarero. La segunda, que el aviso del cliente viaje con la comanda hasta la cocina igual que en sala. Y la tercera, que el envase permita identificar qué plato es cada uno cuando se abre la bolsa en casa.

Esa tercera es la que más se olvida y la que produce el error tonto: dos envases iguales, uno con el plato sin gluten y otro sin, y una bolsa que se abre en una cocina ajena media hora después. Una pegatina con el nombre del plato y la palabra que importe cuesta céntimos.

Y una consideración sobre el transporte que vale la pena tener en cuenta: en la bolsa, los envases se tocan, se vuelcan y a veces se abren. Un plato sin gluten que viaja apretado contra un pan no llega en las mismas condiciones en que salió.

Dónde vive la información y por qué eso decide si se mantiene

Una carpeta con fichas impresas, una hoja de cálculo compartida y una carta digital resuelven el mismo problema con una diferencia importante: cuánto cuesta mantenerlas al día un martes con la cocina llena.

La carpeta de papel es la más fácil de empezar y la que peor envejece. Nadie sabe si la hoja que está mirando es la última, las fichas se mojan y la carpeta acaba en un cajón. Funciona en locales con carta muy estable y falla en cuanto hay rotación de productos.

La hoja de cálculo es un paso enorme por una sola razón: permite buscar. Cuando cambia el pan, se busca «pan» y aparecen los doce platos que hay que repasar. Esa capacidad de saber qué afecta a qué es, en la práctica, la diferencia entre revisar y no revisar.

La carta digital añade otra cosa que no tiene ninguna de las anteriores: que lo que usted corrige es exactamente lo que el cliente ve, en el mismo momento, sin exportar ni subir nada. Y deja registro de qué versión estaba publicada cada día, que es información que en papel simplemente no existe.

Sea cual sea el soporte, hay una regla que vale para los tres: la información de alérgenos y la carta no pueden ser dos documentos distintos mantenidos por separado. En cuanto lo son, se desincronizan, y lo hacen en silencio.

Dónde viven los alérgenos dentro de una carta digital

Cómo repasar una carta entera sin morir en el intento

Una carta de sesenta platos parece inabordable si se ataca plato por plato. Por ingredientes, se hace en dos sesiones.

  1. Haga la lista de los productos base que entran en muchos platos: pan, aceite de freír, caldo, sofrito, salsas madre, harina, mantequilla, vino.
  2. Consiga la ficha técnica de cada uno de esos productos. Son pocos y resuelven la mayor parte de la carta.
  3. Marque los platos que pasan por la freidora compartida, la plancha compartida y la cortadora. Ese grupo hereda lo que se cruce ahí.
  4. Vaya plato a plato solo con lo que queda, que serán casos sueltos y postres.
  5. Anote en una lista aparte los platos que no ha podido comprobar. Esa lista es el trabajo pendiente, no un final.
  6. Ponga fecha al repaso y una nota de cuándo toca el siguiente: al cambiar de carta de temporada o al cambiar un proveedor.

El paso tres es el que más tiempo ahorra. En una cocina pequeña, la mitad de los platos pasan por dos o tres aparatos compartidos, y decidir una vez qué se cruza en cada aparato resuelve decenas de filas de golpe.

Qué cambia de verdad con una carta digital, y qué no

Conviene decirlo sin exagerar, porque en este asunto exagerar es peligroso: una carta digital no hace segura una cocina. Lo que hace es quitar las excusas que impiden mantener la información al día.

Lo que sí cambia son cuatro cosas concretas. Corregir un alérgeno es un gesto y no cuatro pasos, de modo que se corrige. Se puede saber qué platos hay que repasar cuando cambia un producto, de modo que el repaso se hace. La información llega al cliente en su idioma sin que nadie traduzca a mano en la mesa. Y el estado «no comprobado» puede existir como tal, que es lo que una tabla de casillas impresa no permite.

Lo que no cambia es todo lo demás, que es la mayor parte: la freidora sigue siendo compartida, el proveedor sigue sin avisar cuando cambia la fórmula y el camarero nuevo sigue sin saber qué lleva el sofrito. Ningún programa arregla eso. Lo único que puede hacer un programa es que, cuando alguien lo averigüe, no se pierda.

Por eso, si tuviéramos que recomendar una sola cosa a un local que no va a cambiar de sistema este año, no sería una carta digital: sería hacer el repaso por ingredientes y escribir la lista de lo no comprobado. Eso vale más que cualquier herramienta, y se hace con un papel.

Preguntas que nos hacen siempre

¿Tengo que poner los catorce alérgenos en la carta impresa?

No es obligatorio darlos en ese soporte concreto, pero la información tiene que estar disponible para el cliente antes de que pida y sin coste. Si la vía elegida es preguntar al personal, esa vía tiene que funcionar de verdad en hora punta y con el encargado librando.

¿El pan de la mesa también cuenta?

Cuenta, y es de lo que menos se declara. Llega a todas las mesas sin que nadie lo pida y suele venir de un obrador que sirve a granel, sin etiqueta. Si no tiene la ficha de su panadero, ese pan es un producto no comprobado.

¿Y los platos fuera de carta y las sugerencias del día?

Son los que más cambian y los que más se olvidan. Si se anuncian de palabra, la información de alérgenos se da de palabra con la misma diligencia, y alguien tiene que haberla comprobado esa misma mañana.

¿La alergia a la lactosa y la alergia a la leche son lo mismo?

No, y confundirlas es un error con consecuencias. La intolerancia a la lactosa es un problema digestivo; la alergia a la proteína de la leche puede provocar una reacción grave. Un producto sin lactosa sigue llevando proteína de leche y no sirve para el segundo caso.

¿Puedo decir que un plato es sin gluten si lo frío en la freidora de las croquetas?

No. El aceite compartido traslada gluten en cantidad suficiente para un celíaco, aunque la receta no lleve harina. Para ofrecer fritos sin gluten hace falta freidora separada o aceite limpio al principio del servicio, cumplido siempre y no solo cuando alguien se acuerda.

¿Los sulfitos hay que declararlos siempre?

Se declaran cuando superan los 10 miligramos por kilo o por litro expresados como SO2. En la práctica, eso incluye el vino y casi todo lo cocinado con vino, buena parte de la patata prefrita, muchas conservas y los frutos desecados.

¿Qué hago con los productos envasados que revendo, como helados o snacks?

La información viene en el envase y el envase se tira. Fotografíe la lista de ingredientes de cada producto al recibir el pedido y guárdela donde se consulte en treinta segundos. Es un minuto por producto y una vez al año.

¿Cada cuánto hay que actualizar la información de alérgenos?

Cada vez que cambie un producto, y una revisión completa al cambiar la carta de temporada. El cambio que más daño hace es el silencioso: el proveedor que sustituye un pan por otro parecido y no avisa.

¿Sirve poner un cartel que diga «consulte con el personal»?

Cumple la forma si detrás hay una respuesta escrita y alguien capaz de consultarla. Deja de cumplir en el momento en que la respuesta solo existe en la memoria de una persona que hoy libra.

¿Un plato marcado como vegano es seguro para un alérgico a la leche?

No necesariamente. La marca vegana describe la receta y es correcta aunque el plato se haya cocinado en una plancha donde antes hubo queso. Para una alergia hay que mirar la información de alérgenos, que describe el riesgo, no la etiqueta de dieta, que describe los ingredientes.

¿Puedo escribir «apto para celíacos» en un plato?

Solo si su cocina puede sostener esa afirmación, que es más fuerte que decir que la receta no lleva gluten. «Sin gluten en la receta» y «apto para celíacos» no son la misma frase: la diferencia entre ambas es toda la contaminación cruzada de su cocina.

¿Quién debe responder en sala cuando hay una duda?

El encargado del turno, con la información escrita delante. Y cualquier persona de la sala debe poder decir que no se puede garantizar algo sin pedir permiso a nadie: si necesita autorización para decirlo, no lo dirá y contestará «creo que no», que es la respuesta peligrosa.

¿Y si el cliente pregunta por un alérgeno que no está en los catorce?

La lista obligatoria son catorce, pero las alergias reales no se limitan a ellas: el piñón, el melocotón o la legumbre no están en la lista y existen. Lo razonable es responder con lo que se sepa y decir con claridad cuándo no se sabe, igual que con los catorce.

Lista de comprobación para esta semana

  1. Consiga la ficha técnica del pan, la patata prefrita, la pastilla de caldo y las salsas envasadas que usa.
  2. Decida y escriba qué se cruza en la freidora, en la plancha y en la cortadora.
  3. Repase los caldos y sofritos buscando apio y pescado, que es donde están.
  4. Sustituya «frutos de cáscara» por el fruto concreto en todos los platos donde aparezca.
  5. Haga la lista de platos no comprobados y póngale fecha de revisión.
  6. Quite la frase general del pie de la carta y póngala solo donde sea verdad.
  7. Acuerde con el equipo la respuesta exacta a la pregunta del gluten y a la del marisco.

Ninguno de los siete puntos exige comprar nada. Lo que exigen es una hora con la cocina parada y la decisión de escribir lo que se ve, incluido lo que no se puede garantizar. Es la hora mejor invertida del año en un local que da de comer.

Dejar una solicitud

Le llamamos y le resolvemos todas las dudas.

o escríbanos directamente

Telegram

Cómo tratamos los alérgenos nosotros